Vuelta de hoja! #16 After Dark

La alienación y la soledad –paradójicamente- compartida se dan cita una noche cualquiera en la Tokio surrealista de After Dark, novela del exitoso escritor japonés Haruki Murakami. La pasión del autor por el jazz queda nuevamente reflejada en el título de este libro, que proviene de la canción “Five Spot After Dark” de Curtis Fuller, que a uno de los personajes le gusta. La novela está contada en tiempo real, ya que es el transcurso de una noche en la vida de sus personajes.

Eri y Mari son hermanas y se diferencian en algo más que en una sílaba de su nombre. Eri, la mayor, es una belleza que trabaja de modelo. Mari, más poquita cosa, es introvertida y buena estudiante. Y entre las dos ha crecido una distancia inabarcable. Esta noche Mari ha decidido bajar a la ciudad y pasársela entera leyendo en un bar. Pero se encuentra fortuitamente con Takahashi, un estudiante con el que coincidió en una cita doble con su hermana y que no parece dispuesto a dejarla ir. Mientras, en su casa, Eri duerme un sueño profundo, perfecto, inalterable. La televisión de su cuarto se enciende pese a estar apagada. Un hombre de facciones borrosas, en medio de una sala vacía, la escruta desde el interior.

Con After Dark Haruki Murakami retoma su especialidad: las historias de post-adolescentes complejos y acomplejados, en un universo que bascula entre lo cotidiano y una forma de fantástico poético. La narración viaja a través de la noche ramificándose en historias que brotan alrededor de Mari. El encuentro con Takahashi la llevará a visitar un Love Hotel en la que ejercerá de detective, a partir del cual se nos irán revelando retazos de la vida noctámbula, la oscura cara oculta, de una ciudad que puede ser Tokio.

A pesar de que afloren temas como la inmigración o la prostitución, no hay que suponerle una intención social y aún menos de denuncia a Murakami. Lo que le interesa es fabricar un cuento de hadas moderno y hacérselo atravesar a Mari, esa bolita erizada de temores, para hacer aflorar su identidad y revelar el conflicto con su Yo escindido, su reflejo anverso: su hermana. Todo After Dark está construído entorno al juego de la identidad y la disolución en forma de oscuridad o sueño. Un planteamiento que al final ofrece menos de lo que promete.

Digámoslo así: en esta novela Murakami se vuelca en la imagen dejando de lado el concepto. Y Murakami nunca ha sido un autor conceptual. No gusta de abstracciones metafísicas e intelectuales, prefiere ilustraciones reconocibles. De ahí que se haya ganado la fama de ‘autor para adolescentes’: las conversaciones de sus personajes dan frutos de superficie. Sucedía en Tokio Blues con su moraleja: La muerte forma parte de la vida. Una obviedad justificada porque el autor la descubría a los dieciséis años, momento en el que adquiere un significado existencial pleno.

En After Dark la moraleja es uno debe ser uno mismo, una enseñanza para empezar mucho menos rica y emotiva que la citada anteriormente. Que sea simple no significa que sea malo, pero la solemnidad con la que son revestidas estas sentencias no se justifica. No hay necesidad de poner en cursiva los pasajes selectos, como si necesitáramos guías a la lectura.

La novela lo deja por lo tanto todo a la imagen, hasta el punto de convertirse en un híbrido en literatura y cinematografía. La mayor parte del tiempo nos parece estar leyendo realmente un guión. La narración procede como tal: describe escenas, habla de movimientos de cámara, sitúa puntos de vista, interpela al lector como espectador e incluso señala la banda sonora que debe entrar en determinados momentos, con la que los puristas de Murakami deberán acompañar necesariamente la lectura.

¿Cómo funciona esto en la narración? Pues con altibajos, la verdad. Murakami sí logra dar esa impresión visual de ciudad oscura salpicada de neones, esa plástica de contraluces inspirada en la obra de Edward Hopper. Pero en ocasiones la acumulación de detalles, como si diera órdenes a un director invisible, puede resultar cansina, como la descripción minuciosa de un personaje comprando en un Seven Eleven. Sufre particularmente el segmento dedicado a Eri: un personaje dormido que experimenta una transmigración onírica. En la parte más puramente poética de la novela Murakami se empeña en que veamos, y lo que vemos es quizás lo de menos; quizás hubiera sido más efectivo que nos dejara leer.

Murakami construye aquí realmente historias con gancho y personajes para el recuerdo. Desgracidamente estos ocupan los papeles secundarios. La escena en la que las trabajadoras del Love Hotel se ponen a resolver la intriga de un prostituta china apalizada es brillante, y nos deja con ganas de seguir esa trama secundaria. Sin embargo toda la atención del autor se centra en Mari, Eri y Takahashi, personajes que pueden despertar la ternura del lector por su evidente indefensión pero que ni de lejos son los más interesantes de la novela.

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