El 17 en el dorsal

Me van a disculpar (y si no, pues ni modo que le voy a hacer) porque les tengo una fuerte confesión/carta de amor/declaratoria: Hoy más que nunca compruebo que la vida se disfruta mejor desde el área chica, en cancha olímpica, con el sol en la cara y  tus 10 compañeros respaldando el córner, que tiras con comba de Dios DIEGO griego . La vida se disfruta más cuando la acompañas de fútbol.

Lo dice una loca que ama los 90 minutos de cada partido, que más que sus primeros besos, recuerda sus primeros mundiales con la piel chinita y punzadas en el estomago. Que siempre se va a los estadios con el corazón en un puño porque el partido que se juega NO se puede perder, porque es el bueno, el importante, el que nos dará puntos para no sufrir en la “repesca”.  Es el del gane, el del desquite, el de la esperanza.

Amar el fútbol, es amar a la tribuna con cordura, saberse que en las gradas se debe ser pasional más nunca irracional. Tener la cabeza fría para no perder los estribos ante el contrario. Amarlo, lo que de dice amarlo, es honrarlo para no manchar con violencia los estadios, los bares, las calles y los barrios donde se juega o se mira. Los golpes, codazos, barridas y jalones se reciben con dignidad en la cancha y no fuera de ella. Las rencillas se terminan intercambiando las camisetas, no los puños.

Accion poetica 1003

¿Cómo puedes querer tanto a 11 extraños? Claro que se puede. ¿Cómo los vas a querer si jamás en tu vida los has visto? No son de tu familia, ni tus amigos de toda la vida…¿O si? Pues si, si que lo son. Pero, ¿cómo va a ser eso? Si bien te va, los verás cada 15 días por menos de dos horas, con mucha distancia de por medio. Sin poder hablarles, reconociendo no sus rostros, sino sus números en las camisetas. Y claro sus jugadas. ¿Para qué quieres más? Con las descolgadas de media cancha hacia adelante, quitándose a los defensas, poniendo un pase diagonal para que el delantero  desarme al portero, tienes de sobra para querer locamente a ese extraño conocido.

Juegues o no, la cancha es tuya. Los triunfos se vuelven propios, las derrotas se sufren en carne viva y el dorsal lo llevas decorosamente como insignia, como estandarte. Aunque ni te apellides Palencia y nunca hayas llevado el 17 en el dorsal, ese número se vuelve tuyo. Total, si para ser el Tuca tampoco es necesario meter los goles de bolea con elocuente precisión, tan sólo basta ponerte la playera a las 12 del medio día y besar el escudo cada el balón revienta la red. La cancha es tan tuya como de ellos, tan pero tan tuya que el banquillo lo compartirías gustoso con el Maestro Hugo, con Bora, con Marik, o Mejía Baron. La cancha es tu lugar, tu terreno aunque tu equipo juegue en otro país, hable otra idioma. Hay amores a distancia que lo valen todo.

…A la cancha de Boca, por laguna,

Va soñando -hoy ganamos el partido-

La niña de los ojos de la luna.

Sin duda, nací bajo el signo del esférico, como diría la Marcha del Golazo Solitario, y lo digo con orgullo sin importar lo que los detractores piensen. Bien lo preguntaba Eduardo Galeano, en Fútbol a sol y sombra:  “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.” Creyente como la bostera que inspiró a Sabina a escribir  Dieguitos y Mafaldas:

 

Cambiando la Bombonera por el Olímpico Universitario, a Boca por Pumas y la canción, bien podría ser para mí. A veces juro que dice: “Le toca a Palencia tocar el balón, la Rebel se altera”. Y tal vez lo dice, sólo que nadie se ha fijado.

 

Me gustas tanto fútbol, que me casaba contigo.

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